Por qué la luna se quedó callada II. Orlando Cajamarca


Fatigada está la leche de los héroes
frágiles sus alas se derriten    
Yerbas amargas hormiguean los campos   
La sangrienta demencia con sus cien filos
 y su voluntad de piedra  
anima los desatinos del delirio 
La miseria recién parida 
emponzoña la resignación de los humildes
mientras la ciudad con su gemido parturiente
a oscuras desahucia el alba
y reclama a los braceros de bolsillos carcomidos
resistir resistir
Se han detenido los molinos de viento
los marineros encallados
ya no anhelan el olvido del hogar ingrato
jadean los peces en los estanques del mar sin oleaje
y las fabricas acopian el óxido que crece como hongo prehistórico
 sobre los metales retorcidos
                                                      por la  decidía y el abandono
Dios ha huido
atrás han quedado sus templos y sus campanas
los nuevos cruzados 
patean el bronce encenizado de las viejas estatuas 
y sellan su victoria
con  el vino  avinagrado
de la  libertad
  
Ajeno el río sigue su cauce
Llevando en sus entrañas  cardúmenes de luz  
serpentea  grácil hasta llegar al  mar 
Arriba  las montañas escurren por sus barbas
el llanto alegre de las nubes
Reverdecen los bosques
anidando en sus ramas pájaros danzantes
Desfilan las abejas por el campo   
agitando sus campanas
Los arados remueven la tierra húmeda
manos blancas negras y cobrizas se juntan en racimo
para recolectar los nuevos frutos   
cornetas y tambores saludan al sol
y la vida terca despide a Ícaro
                                           riega las flores
                                                               juega  con la luna
y se duerme  con la noche y sus luceros




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